Ferrara: el arte de la invocación
Georgio Bassani nace el 4 de marzo de 1919 en Bologna pero es Ferrara su ciudad de la infancia, Su ciudad. Como miembro de una familia judía bien acomodada sufre las leyes raciales impuestas por Mussolini. Estas leyes significan para el autor y para toda la comunidad judía ferrarense un cambio radical de vida. Al igual que todos, es excluido de los círculos sociales de la ciudad. En 1943, es encarcelado, acusado de actividades antifascistas, y el mismo año excarcelado. Huye a Florencia donde logra ponerse a salvo de las persecuciones fascistas, pero sus familiares que quedan en Ferrara no corren la misma suerte. Florencia lo rescata del campo de concentración pero la verdadera salvación de Bassani son sus palabras.
Todos los caminos llevan a Ferrara, espacio metafísico donde se mezcla la memoria, el dolor existencial producido por el recuerdo de una época devastadora y un lugar querido. Un espacio donde la intensidad emocional llega al punto máximo atravesada por la quietud y la melancolía. Estos cuentos y novelas están reunidos en el libro que tengo sobre mi escritorio: La novela de Ferrara. Sería imposible comentarlos minuciosamente a todos en esta oportunidad, sin embargo resulta también imposible hablar de uno solo puesto que la obra de Bassani se construye en la unidad de la ciudad de Ferrara, unidad consumada por los personajes de cada obra que van saltando de texto en texto armando el entramado de la única obra de Bassani.
La ciudad de Ferrara vive y se resignifica en cada párrafo. Leemos en la nouvelle Los lentes de oro:
“(…) Me hablaba en voz baja y con tono afligido. Me contaba sus desgracias. Lo habían despedido del hospital con un pretexto cualquiera. También en el consultorio de Via Gorgadello ahora había tardes enteras en las que no se presentaba ni un solo paciente. De acuerdo, él no tenía a nadie en el mundo en quien pensar… a quien mantener… Dificultades inmediatas, desde el punto de vista financiero, aún no se le presentaban… Pero, ¿era posible seguir viviendo siempre así, en la soledad más absoluta, rodeado de la hostilidad general? (…)”. [1]
El autor se calza los zapatos del excluido y desde su lugar retrata la realidad de la ciudad de su juventud, ciudad que en su día fue uno de los núcleos judíos más importantes de Italia. La misma exclusión que por ser homosexual lleva al personaje del Dr. Fadigatti al suicidio, es la que sintió Bassani por ser judío, la misma exclusión que las leyes raciales le imponían al impedirle circular libremente por la calle, ir al cine o jugar al tenis con los arios.
Podemos sentir el dolor del desprecio, de la marginación. El dolor se encarna en los personajes y en nosotros, lo vemos, lo vemos muchas veces: lo vemos en el texto y cuando dejamos nuestro libro y salimos a comprar el atado de cigarrillos que nos ayudará a despejarnos un rato, lo seguimos viendo, lo seguimos viendo cuando cruzamos la calle, en nuestra ciudad que no es Ferrara, las fotos de Bassani se convierten en nuestras propias fotos, en postales eternas.
En las primeras páginas de la novela El jardín de los Finzi-Contini, el narrador dice:
“(…) Y se me encogía el corazón más que nunca ante la idea de que en aquella tumba, edificada, al parecer, para garantizar el reposo perpetuo de quien la encargó –el suyo y el de su descendencia, uno solo, de todos los Finzi Contini que había conocido y amado yo, hubiera logrado reposar. En efecto, sólo Alberto, el hijo mayor, muerto en 1942 de un linfogranuloma, fue enterrado en ella, mientras que Micòl, la hija segundogénita, y el padre, el profesor Ermanno, y la madre, la señora Olga, y la señora Regina, la ancianísima madre paralítica de la señora Olga, deportados todos a Alemania en otoño de 1943, a saber si encontrarían sepultura alguna. (…)”. [2]
Como lectores se nos eriza la piel: el párrafo nos recuerda a los desaparecidos argentinos.
Bassani vuelve a su pasado para resignificar el presente. No es solamente él, el que recuerda, son sus personajes: Lida Mantovani, el narrador de Los lentes de oro, el narrador de El jardín de los Finzi-Contini, por dar algunos ejemplos. Los narradores siempre se remontan a ese pasado de juventud, hacen un viaje en el tiempo, vuelven, vuelven continuamente esperando algún día no regresar y quedarse allí con los recuerdos felices tan lejanos al sufrimiento. Y nosotros también volvemos, volvemos al principio como un círculo que se cierra: Bassani fotógrafo, Bassani arquitecto, Bassani pintor de una Ferrara que se resignifica constantemente, que dialoga con la historia, con sus personajes y con los nuevos lectores que han visto repetirse esa historia quizá desde otra perspectiva y otros narradores.
Ferrara en sus textos, sus textos en Ferrara, un compromiso con la realidad, un compromiso con el mundo de la memoria.
[1] La novela de Ferrara. Buenos Aires: Debolsillo, 2009. Pág. 302.
[2] Op. Cit. Pág. 327.
La novela de Ferrara.
Giorgio, Bassani.
Trad. Carlos Manzano.
Debolsillo.
Primera edición., 2009.
Del sueño a Chuang Tzu y la mariposa
¿Qué es la realidad, el sueño, la vigilia? Tomamos un frasco de pastillas para dormir, una no es suficiente, hay que atravesar el otro lado y dejarse llevar. Las imágenes se borran, las líneas que dividen los universos también. En sueños se nos aparece Chuang Tzu y su idea de mariposa, al rato cambia y la mariposa nos ofrece en una bandeja de plata la cabeza de Chuang Tzu. No estamos tan confundidos (o eso creemos) porque sabemos de realidad, de sueño y de vigilia. En Las variaciones del sueño de Chuang Tzu, de Fabián Vique, leemos:
19
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. José Hernández le recomendó: mejor decí que era un caballo, a lo sumo un Dragón.
13
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar, la mariposa pensó: soy soñada, luego, ¿existo?
20
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar se dijo: tengo que aflojar con el opio.
Luz de flash, sueños rotos como espejos, micro-relatos que se suceden uno tras otro y nos mantienen despiertos o dormidos en esa niebla que no nos permite ver los pies pero nos deja flotando en la palabra. Al menos sé que no estoy sola, que somos al menos dos, o más mariposas. Me pregunto si soy Maia o Chuang Tzu, Fabián Vique o Weng Chi. Dudo que esté escribiendo para El Caos que te parió o leyendo el libro de un escritor que conocí en unas jornadas de micro-ficción. Esto no es micro-ficción, es el sueño de Chuang Tzu. Todo se transforma, las letras se estiran y se achican, puedo verlas pero no tocarlas, algunas me dejan que les hable pero surge la metamorfosis. Sigo flotando, las variaciones van tejiendo sueños y uno así nunca quiere despertar.
Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu
Fabián Vique
Macedonia Ediciones
Primera edición, octubre 2009
Blog del autor: http://delasavesquevuelan.blogspot.com
De sombras y de poesía. El canto de una loca
Siempre me sentí atraída por la poesía italiana igual que al vacío de un precipicio. Quizá fue la música que mi abuelo producía al recitar los versos de Leopardi en italiano, el ocaso de Montale, el silencio de posguerra, el dolor cotidiano, Ungaretti, Pavese, Pasolini. Tal vez porque creo fervientemente que la poesía debe ser el canto de un loco o de una loca llamando a lo maravilloso para que nos rescate de todo, incluso de los horrores más grandes. La parca del 2009 se llevó, entre tantos, las sombras de una de esas locas que decía: Più bella della poesía è stata la mia vita. (Más bella que la poesía ha sido mi vida). Así titula uno de sus libros Alda Merini, poeta italiana nacida en Milán, en 1931.
Hoy quiero contarles lo que me sucedió con un libro suyo, Clinica dell'abbandono (Clínica del abandono).
Son las seis de la tarde. El calor de enero me lleva hasta el río Paraná, tengo una sola urgencia, leer el nuevo libro que cargo conmigo hace dos días. Dejo que el destino me sorprenda y abro mi regalo en las páginas 64 y 65. “El beso”, una caricia del viento con olor a río, mis labios repitiendo los versos en silencio…
Il bacio
Il bacio corre velocenei miei pensieri
per un bacio ho tradotto Omero
tutto d’un fiato poi
sono diventata Bianca come la luna
e ti ho amato fino a morirne
dentro l’urna di un castello di vetro
che nessuno conosce.
El beso
El beso corre veloz en mis pensamientos
por un beso he traducido a Homero
todo en un soplo luego
me he vuelto blanca como la luna
y te he amado hasta morir
dentro de la urna de un castillo de vidrio
que nadie conoce.
Paseo por los demás poemas como en una balsa por el río, las aguas me mesen de un lado a otro y distingo los opuestos tan cercanos que se tocan, se besan en cada verso, destellos de luz y de oscuridad me envuelven, desenfreno y calma, entre el cielo y la tierra, entre la locura y la falsa cordura. Alda nos ofrece su alma como una niña su tesoro más querido:
L’anima
Io ero fatta di prati verdi
di lucciole Della notte.
Ma qualche adulto bambino
ha preso in mano il grillo
la lucciola e la cicala
che erano in me. .
Alcuni falsi poeti
chiudono i grandi nel pugno
della curiosità
e non sanno che anche nel grillo
vive presente un’anima.
El alma
Yo estaba hecha de prados verdes
de luciérnagas de la noche.
Pero algún adulto niño
ha tomado de la mano el grillo
la luciérnaga y la cigarra
que estaban en mí.
Algunos falsos poetas
cierran a los grandes en el puño
de la curiosidad
y no saben que también en el grillo
vive presente un alma.
Constantemente hay un pasaje de adentro hacia fuera, del manicomio-cárcel a la liberación del alma. El poeta tiene el poder de abrir ese horizonte y mezclar las partes:
Il poeta e il teatro
E mágicamente siamo qui a far niente
buttando l’ombra di uno spazio aperto.
Il genio vivifica il teatro ed è come
lo zolfo dell’inferno
que apre un’orizzonte
Il poeta e il teatro
Y mágicamente estamos aquí sin hacer nada
arrojando la sombra de un espacio abierto.
El genio vivifica el teatro y es como
el azufre del infierno
que abre el horizonte.
Veo la fotografía de Alda reflejada en el espejo hablando por teléfono con un ser que está más allá de su mano, dictándole tal vez un poema que quedará guardado en otro lugar, lejos de ella. Se desprende de su voz y de su canto para regalarlos al viento, al otro que la escucha.
Cada verso es una ola que me lleva y me trae, al fin de cuentas es un mismo espacio, entre dos mundos, como en la foto Alda en el espejo y detrás del espejo, esos dos mundos que atraviesa el poeta para cantar su locura.
"La alegría no es sólo brasilera"
Tomo una cerveza, dos. La noche nace con la palabra y la espera. Tengo que aguantar que las agujas del reloj me abran la puerta para salir a encontrarme con el ritmo. Mientras tanto eso: cerveza y poesía, poesía que invita a mover el cuerpo, a ser una con la vibración, una con las luces, una con la noche que se desata. Leo:
Creen que
Estoy endemoniada
no es así
solamente
me excito
con mi cuerpo
en el sonido que
me abraza y
me envuelve y
me acaricia y
me contiene y
me ama y
yo lo amo
y así vamos
juntos
hacia lo que no
debería terminar
nunca:
la música,
las luces,
la noche.
Mercedes Gómez de la Cruz, poeta y editora rosarina, en su libro Soy fiestera se ríe de mí mientras baila y hace temblar el suelo y el aire, todo lo que yo no puedo hacer ahí sentada tomando cerveza ella me lo sacude en la cara: “No me mires. / No necesito tus ojos. No hoy. / No ahora que en el cuerpo tengo todo. / Nada más que mi movimiento necesito. / No necesito tu cuerpo. No ahora / que lo tengo todo”.
Las páginas pasan y me siento danzando. Las palabras se concentran en el cuerpo y todo lo que a él lo abraza. La negrura aparece sin cautela y sólo habla el cuerpo que se hermana con el sonido.
Negra para el baile
quiero ser. Negra
con motas que
tambores a mi paso suenen
pájaros de la selva que
mis ojos sean
ojos de tigre buscando
buscando
Ella es negra, negra para el baile, para la palabra que se cuela en el danzón de la poesía que siempre es música y nos acerca con sus piernas abiertas la luz de la noche.
Termino el libro, tomo el último trago de cerveza, ya es hora de cazar corazones, ya es hora de salir de Fiesta.
Soy fiestera
Mercedes Gómez de la Cruz
la creciente / junco y capulí
Primera edición, 2006.
Atravesando el mito
"El sueño se acabó. El rock ha muerto. Se transformó en una puta que no trabaja para ninguno de nosotros" sentencia el escritor cordobés Luciano Lamberti en el prólogo de Remeras poemario de Francisco Marzioni recientemente reeditado por Espiral Calipso debido al éxito rotundo de ventas en la primera edición.
Ya hace un año de aquella presentación del libro en Rafaela. Cerveza que salía de los yuyos al lado de la pileta, reposeras y un escenario medio inundado por la lluvia de la tarde, los cables en el suelo bien mojados, los guitarristas pegados al pico de la botella. Francisco con su ejemplar de Remeras listo para revivir el mito. Los espectadores en reposeras o sentados en el pasto. La voz de Francisco canta los primeros versos, inevitablemente los presentes se dejan llevar por el ritmo, una a una van cayendo las palabras por su peso haciéndose viento, luz, sudor, flash de spot. Un viejo fan de los Redondos con su remera de Oktubre se cuela en la sangre:
Un viejo fan de los redondos
escuchando Pier en un garage
se pregunta adonde se fue todo eso.
El tipo tiene la remera de Oktubre
y una hija de tres años que se llama Luzbel
es un delivery de día en una gestoría
es un delivery de pizza de noche.
Se compra un Luis Majul
se va a bañar con Lux,
y a veces juega al pool
el fan de los redondos se pregunta
Adonde se fue, adonde fue su amor.
Recuerda un mediodía en San Carlos
cantando con unos pibes de Laferrere
se robaron un kiosquito de una viejita
como 20 sanguches de milanesa
Los devoraron en un callejón
como perros hambrientos
Un policía los encontró y
el fan de los redondos
nunca había corrido tanto como ese día.
Hasta una vez lo vio al Indio
pasó como una sombra, una estrella fugaz
como una luciérnaga en un corte de luz
Pelado, lentes negros, sonrió
a él le sonrió (estaba seguro)
como esa vez en Mar del Plata en la que Skay justo lo miró
a los ojos
Y después vino Ferro, Unión
Después vino qué Napoleón
enfermos, afiebrados, aullamos
a la luna
de regreso a Octubre
siempre Octubre.
En un recital de Pity
Conoció a Lourdes.
Le decían Luly, usaba jeans
gastados
desflecados
con un parche de Intoxicados.
Ella comía chicle y
Lavaba los platos con mamá
De golpe, la nena
Esa pendeja repleta de rock
era Luly la del almacén de Ramos
Generales
generalidades
sopita y
a la cama.
¡Por una vez vas a robar algo más que puta guita!
le grita el parlantito de la combi que maneja
Llena de pendejos
que ni saben bien cómo se llaman.
Él tiene una remera vieja de Oktubre
la remera de los recitales.
Escucha los discos de Pier
o de Los Piojos
en el garage de la casa que le alquila a la suegra
y se pregunta
Adónde fue
su amor.
La poesía de Marzioni gira en un universo particular, alejado de todo, con una fuerza política penetrante, una poesía cercana al humor, a la música, al ritmo, a la historia y a la alegría, en otras palabras, a la fiesta, al desenfreno de las remeras agitadas al viento, las gargantas secas, roncas, la efervescencia de un rito que desgarra en la memoria y que parece haber quedado como un simple mito. Marzioni lo grita frente a un público hambriento y denuncia: "sólo nos quedan las remeras":
Los trapos que cuelgan en lianas
son redes urbanas tejidas alrededor de
los conciertos de verano.
Llega el día en que se desata la locura la fiebre
furiosa del rocanrol y sólo veo
fueguitos chamuscados en los baldíos
los pibes sin entrada convertidos
en manada
resoplando en la puerta.
¿En qué parte perdimos
la música la bella música
la sinfonía distorsionada?
¿Adonde quedó el dulce
solo de guitarra?
Ahora escucho en todas partes
teclados con secuencias pregrabadas
panzones cantando tangos
en las coperías
pendejos malcriados balbuceando
puñados de acordes menores.
Todos perdidos en la maraña que engaña
de hacer canciones prestadas
versionadas.
Remeras como trapos
deshilachados, al viento edulcorado
del mercado
transfer baratos, fotos de bandas
remeras vacías en la vidrieras
de las rockerías
cada vez más cerca de los velatorios.
Hay un rumor en la campiña
dicen que hay una sombra
del rock, ese ritmo colocado,
cerca de una factoría cerrada
en un barrio obrero donde nace un hooligan
que se compra una strato barata
y baja las tabs de pity
en un clon de computadora
de un ciber con pool
y cerveza en jarra.
Mientras cursás la facultad
o hacés de cadete en una oficina
o querés copiar
tu diario íntimo mil veces
entrás a la fotocopiadora y escuchás
los guns: bienvenido a la jungla
tenemos diversión y juegos
la cara despreocupada de la señora que atiende
te revela la crueldad:
los rasgueos de richards
la caminata doble de slash
la elegancia de may
y la
tímida trinchera de frusciante
quedan guardadas
en el armario de la casa encantada.
suenan de vez en cuando tocando
cocaine de madrugada
cuando los tuyos se duermen
y no se enteran de nada
tenés que elegir:
o levantás el maletín o
caminás el diapasón de la guitarra.
Tu rock se vuelve silencioso
Sólo hace shhhhhh
como al limpiar tus pies
en la alfombra cada mañana
buscás los calcetines
los patines del piso de cera
los zapatos y corbatas
y ves banderas
camisetas que aguardan
volver al pasto
del estadio,
y ser embarradas
ensuciadas por el ritual de la música no grabada.
Pero sólo te quedan las remeras
que una vez fueron agitadas
ahora planchadas
y despintadas.
Francisco se mueve en el escenario, en un poemario que enciende, que no deja indiferente al lector/oyente sino que lo pica, lo pincha con un alambre bien finito para que se mueva y baile al ritmo de sus versos, para que se cuestione a sí mismo mirando su remera despintada y quizá se pregunte si en verdad el rock ha muerto.
Remeras
Francisco Marzioni
Espiral Calipso
2da Edición 2009.
Autoficción: una fábrica de palabras, una fábrica de recuerdos.
¿Qué es la memoria? ¿Qué es la experiencia? ¿Qué son las palabras sino una red de fotografías capturadas por el recuerdo? Son esas fotografías y no otras las que elegimos para crear el mundo, porque el mundo no está creado, lo creamos nosotros, con la palabra, mejor dicho, con el peso de la palabra que surge de adentro, porque las palabras pesan y caen como gotas cargadas en la tierra. La tierra de Irene a veces está seca, a veces está húmeda esperando ser gozada. Siempre la tierra que nos nace, siempre la tierra que nos pare. La palabra cae en la tierra y rueda, se esconde en una hendidura y crece, se hace viento y grita por el hambre, por la ausencia, por el cuerpo.
Autoficción está lleno de palabras y de fotografías que esperan ser poseídas, que esperan ser tocadas, acariciadas, palabras vivas, palabras que esperan a un lector abierto que las abrace como la tierra y que las chupe y que las trague, y bien adentro las sienta, las haga suyas, las transforme.
El ritmo de los versos nos envuelve, somos tierra porque nos escuchamos en la tierra, somos agua porque nos escuchamos en el agua. Poco a poco nos hacemos palabra, poesía, verso, ¿y dónde están nuestras manos que tomaban el agua de la fuente? Están en el suelo cantando a la tierra y al río: “Señor/ Gran Paraná,/ devuélveme mis sueños./ Te pagaría/ con mi salario de lágrimas,/ con agua salada/ te pagaría,/ si lo pudieses aceptar…”.
Autoficción es un canto también al nacimiento y a la madre que escucha y no importa si un sistema perverso nos niega el pan de cada día, porque ella nos abraza y nos da de su vientre, que es más que comida: es amor.
Los pies de mi madre
fueron alguna vez
mi punto de apoyo
mi espejo.
Viajar
a las lejanas
tierras
del deber
sobre ellos
no pudo ser mi lema.
Pero amé sus pies.
Marcados por el recorrido
de pasillos de hospital.
Huesudos y venosos.
Pedestales esculpidos
por la que los lleva puestos.
Mirar sus pies
y experimentar la piedad
eran una sola cosa.
Comimos
gracias a ellos
nos vestimos
gracias a ellos
y sufrimos
con ellos.
Yo conocí el cielo
cuando conocí los pies de mi madre.
Y sentí el dolor que ellos sentían.
Y lo único que deseaba
era tomarlos
entre mis manos
para darles alivio.
La tapa del libro es una mujer hecha de retazos, de recortes diferentes, coloridos, amalgamados por la figura, por el cuerpo, quizá por el recuerdo y la experiencia que conforman ese cuerpo.
Las poesías de Irene Ocampo nos ofrecen una mirada fuerte, penetrante, una mirada que nos atraviesa y nos desnuda, una mirada que remonta voces, historia, vida. ¿Qué somos sino la tierra que chupa de la memoria? ¿Qué son las palabras sino una fábrica de recuerdos? ¿Cómo vamos a vivir si no creamos nuestra autoficción, nuestra historia, nuestra forma de ver y tocar el mundo?
Autoficción
Irene Ocampo
Hipólita Ediciones
Año de edición: 2008
El Espejo
De la fusión a la liberación. Una mirada sobre la novela Tu nombre escrito en el agua de Irene González Frei.
“Donde quieras que estés, Marina, no debes pensar que te he olvidado”. Así comienza la novela Tu nombre escrito en el agua del autor o autora que ha preferido permanecer en el misterioso anonimato, bajo el seudónimo de Irene González Frei.
La narradora en primera persona, Sofía, con esas palabras cargadas de melancolía habla a Marina, su espejo, su reflejo, su Una y su otra misma. Sangre, dolor, tortura, el texto nos ata y nos deja en una posición incómoda frente a la escena. Acordándose de que Marina ya no está y si estuviera, de todas formas, conocería la historia, Sofía cuenta para otro fantasma (que bien podríamos ser nosotros, lectores), que las dos estaban atadas a merced de un hombre, hombre que podía matarlas pero no separarlas, (aunque eso quisiese realmente). Poder, violencia, pero sobre eso: el amor. De esta forma, Sofía nos introduce en el final, que es siempre, en definitiva, el principio del recuerdo, tal vez el principio de toda historia o más aún, de toda existencia:
“(…) y ahora que ya es tarde para vivir quiero hallar tu nombre y tu rostro en los espejos vacíos, tus rasgos que eran iguales a los míos, tan iguales como ni siquiera los de una hermana gemela pueden serlo, quiero apresar de nuevo la mirada del agua que se contempla en Narciso, pero sólo encuentro voces secretas, recuerdos, sombras (…)”
Y de esas mismas sombras deviene la poesía, poesía que está presente en cada rincón de la novela, que late con un ritmo y una suavidad de olas, ondas producidas por una piedra en el estanque del recuerdo.
Narciso se contempla en el agua pero el agua también se contempla en Narciso, es en ese momento mágico en el que surge la unión. En Marina y Sofía nace el amor sublime: el alma está destinada al amor, a él se entrega y con él se hace Uno. La dualidad supone la unidad: Sofía y Marina son mucho más que dos cuerpos atados a una cama a punto de ser ultrajados por el odio de un hombre. El cuerpo es susceptible al cambio, pero el amor es invisible e indivisible y sólo puede descubrirse con la mirada del alma. El alma se manifiesta en el amor, en ese amor que Sofía contará a través de toda la novela.
Es imposible pensar a Sofía sino como cara de Marina y a Marina sino como cara de Sofía. En cada palabra, cada párrafo estos dos personajes se van entrelazando en una historia que es Una con ellas mismas. El discurso se encarga de que sea imposible para el lector distanciarlas.
¿Marina muere o muere Sofía? ¿Mueren las dos o queda el reflejo? ¿Qué es lo que se rompe, qué es lo que desaparece? Tu nombre escrito en el agua no regala certezas, más bien el deseo de vivir un amor total más allá de la vida y de la muerte.
Cuando este libro llegó a mis manos, hace tiempo, escribí debajo del título: “esta novela confirma lo que dijo Sade: el amor lleva a la locura”. Quizá hoy, pasado los años piense distinto… y no sea el amor sino el espejo, que si decidimos atravesar, corremos el riesgo de perdernos en nosotros mismos. La ficción lo permite: Dorian muriendo con su retrato, Heathcliff enterrándose junto a su amada. Tal vez esto llevado a nuestra realidad mundana dé un poco de escozor, pero nadie puede decir que no es tentador al menos imaginarlo.
Tu nombre escrito en el agua
González Frei, Irene
Narrativa erótica (f). Novela
Mayo 2008
La Sonrisa Vertical SV 91
