Entrevista a José Luís "Pepe" Quiroga, ex combatiente de Malvinas

Pepe nos esperó en su casa. Después de saludarnos con un abrazo, nos mostró un patio hermoso con un césped bien prolijito, de barrio. Caía el atardecer, y mientras su hijo Pepito hacía la tarea dentro del quincho, nosotros afuera comenzábamos a grabar la voz de un tipo que sobrevivió de la Guerra de Malvinas. Un “Héroe”, como le dicen ahora muchos de esos que en aquella Plaza de Mayo, cuando corría el año 82, coreaban “Galtieri, Galtieri, Galtieri”, al terminar el discurso de nuestro inescrupuloso presidente de facto en aquel momento.
Pepe lleva un hablar fluido, sensato, sin muchos rodeos. Parece ser que el tiempo, desde aquel abril hasta hoy, se le vienen encima con las palabras.

¿Cuándo entrás en el servicio militar?

El 2 de junio del 81. Hice dos meses de introducción en la Base Naval, en Puerto Belgrano y el 2 de agosto me dan como destino el Crucero Belgrano.

¿Cómo te enteraste de que tenías que ir a Malvinas?

Estaba en una guardia, a las 5 de la mañana y me enteré de que habían tomado Malvinas.
Días antes habíamos visto el movimiento del Cabo San Antonio, que era un buque de desembarco. También se veían movimientos en la Base Naval.
Por varias cosas que se estaban dando ya nos hacíamos la idea de que teníamos que ir a Malvinas.

La tarde se moría y los mosquitos tomaban por completo el patio. Pepe a los manotazos nos dijo que nos dejemos de hinchar las pelotas y vayamos adentro para estar más tranquilos.
Pepe es oriundo de la ciudad de Arrecifes, una pequeña ciudad al norte de la provincia de Buenos Aires. Desde el año 84 trabaja como cartero en El Correo Argentino, es un futbolero de esos del interior, que saben bien los códigos del potrero, ese aire a tierra mojada y arcos de madera. Le preguntamos si volvió a jugar en el Club Palermo, como lo hacía antes de alistarse en la colimba. Sonrío, y nos contó que lo echaban todos los partidos, no le importaba nada. Imagínense que le podía importar ir a trabar con la cabeza, si meses atrás estuvo haciendo guardia en medio del océano, esperando un misil inglés.

¿Cuál fue tu sensación en el momento que te avisan?

Yo creía que no iba a pasar nada. Inclusive, cuando se arregla el barco y zarpamos, le mandé una carta a mi mamá diciéndole que se quede tranquila, que no iba a pasar nada.
Pensaba que no iban a venir de tan lejos, fijate que ingenuo, sólo tenía 20 años. Resulta que cuándo zarpamos, ya estaban acá, prácticamente.
Entonces la sensación fue de miedo. No nos quedaba otra opción que rezar y salir a lo que fuese. Si bien teníamos instrucciones de cómo estar en el barco, no es lo mismo hacer un zafarrancho de combate que estar en combate.


El zafarrancho era de entrenamiento. Cuando tocaba la alarma, tenías que ir a un puesto de combate. Vos agarrabas el salvavidas, tranquilito, porque sabias que no pasaba nada.
Pero cuando estábamos navegando cerca de la Isla de los Estados, nos dijeron que no había más zafarrancho, que era todo real. Entonces, cada vez que sonaba la alarma era sentarte en un lugar y esperar.

¿Qué formación militar tenias?

La básica. Dos meses de introducción que hice en Base Naval. Nos enseñaban lo elemental: babor, estribor, proa, popa… y después cada uno tenia su puesto de combate, que era o en las torres antiaéreas o en la superficie.
Yo estaba sobre la línea de rotación del barco. Era un barco muy viejo. Todo el sistema era lento. Pero tenia cinco torres qué para bombardear costas servia, supuestamente servia, nosotros no llegamos ni a tirar.
En el barco estuve diez meses viviendo. Sabía por dónde entrar, por dónde salir. Pero la última tanda que entró, la del 63, eran pibes jujeños. No sabían absolutamente nada, ni dónde estaban los baños.

¿Cómo te diste cuenta que los ingleses ya habían llegado?

Porque nos daban un parte diario a la mañana.
Por ejemplo, nos decían por dónde estábamos navegando. El único que tenía esa información era el comandante. Nadie más. Normalmente andábamos por la Isla de los Estados, porque se suponía que los buques ingleses iban a abastecerse a Punta Arena que es sobre el Canal de Beagle y tenían que pasar sí o sí por ahí, pero la verdad es que estaban muy equipados.

¿Cuánto tiempo estuviste en guerra?

Un mes. Salíamos a navegar. Llegamos hasta la Isla de los Estados. Teníamos la pólvora vencida, así que fuimos a Ushuaia a descargarla. Se suponía que íbamos a bombardear costa, pero nunca llegamos a tirar nada.
El barco no estaba en buenas condiciones. Con el tiempo nos enteramos que el submarino que nos hundió, estuvo debajo nuestro una semana y nunca lo supimos. El buque no tenía sonar, no tenía nada.

¿Cómo es el momento en que comienza a hundirse el barco?

El 1 de mayo nos avisan que entrábamos en zona de exclusión. Zona de exclusión era una sector que habían delimitado. Si entrabas, te disparaban. Esa noche no durmió nadie, estábamos con los salvavidas esperando la estampida. A la mañana siguiente nos dicen que ya estábamos fuera de la zona.
Nunca se supo dónde estábamos cuando nos dispararon. Ellos dicen que adentro y nosotros que afuera. Nunca se va a saber.
Ese día, yo me levanté a las 3 de la tarde. Tomé mates y me fui para la guardia que estaba en proa. Cómo nos habían dicho que ya estábamos fuera de la zona de exclusión, fui tranquilo. Ni bien me senté, escuché el impacto. Se caían las vainas de las pólvoras, se movía todo, las luces se prendían y apagaban. Nuestro jefe ordenó que subiéramos por que algo había pasado.
Cuando llegamos a cubierta nos dimos cuenta que nos habían dado. Lloviznaba, el barco empezaba a inclinarse y fui a la balsa que tenía asignada. En ese entonces pensé que nadie había muerto.

¿Qué siguió después?

Salir del buque fue toda una peripecia. Había que evitar que no nos succionara al hundirse, o que los hierros no nos pincharan la balsa.
Las balsas eran de 20. Hubo balsas que se pincharon, otras que las tragó el buque. La idea era atarse balsa con balsa para ir todas juntas, pero la primera noche fue tremenda, llovía, refusilaba, el mar estaba picado.
En el momento del impacto había dos buques al lado nuestro, pero con la estampida se fueron. Regresaron a la noche, de hecho, rescataron varias balsas.
La nuestra fue rescatada dos días después, por el buque Hospital, el Bahía Paraíso.

¿Cuánto tiempo estuviste en el agua?

Calculo que estuve cuarenta y pico de horas. Me acuerdo que tirábamos los relojes, los cintos, los borsegies, las llaves.

En ese momento ¿a qué te aferraste?

El ánimo de la balsa, la consigna era que todos nos íbamos a salvar. Cada uno decía porque se quería salvar. Unos por los hijos, yo por mis viejos y así.
Estábamos sentados con los pies apoyados, unos sobre otros. La idea era no dormirnos, nos pegábamos cachetadas para no dormirnos.
La primera noche se nos metió el agua en la balsa. Estábamos congelados hasta la cintura. Algunos se orinaban encima para calentarse. Yo no podia ni orinar.
Intentábamos sacar el agua pero era imposible. Se nos había desinflado un poco la balsa. Se nos acabó la pila y quedamos a oscuras.

¿Cómo fue el momento en que ves el buque de rescate?

En principio, nos queríamos subir a cualquier buque, inglés, alemán, lo que fuese. Si teníamos que ser prisioneros, éramos prisioneros, no nos importaba. Lo único que queríamos era estar en algo firme.
La segunda noche vimos una luz, que con el tiempo nos enteramos que se trataba del buque Bahía Paraíso. Esa luz, en realidad eran unos reflectores inmensos, por momentos la veíamos cerca y de golpe, allá, una cosa chiquita, a lo lejos.
Encima, teníamos las bengalas mojadas.
Veíamos las señales de las bengalas de otras balsas y que la luz del reflector iba en esas direcciones. Fue de terror. Esa noche, la luz se perdió y no la vimos más.
Al otro día, cuando amaneció, mirábamos por arriba del techo de la balsa y lo único que se veia era agua, ni una balsa, sólo agua. Así que empezamos a rezar, a cantar, a hablar. Sólo teníamos chicles, uno para cada uno, tres sorbos de agua por día y una fruta seca para cada uno, durante el día.

En ese entonces, ¿se seguían respetando los rangos?

Ya no. A los superiores los tratábamos de Señor, por respeto, pero en realidad, éramos todos uno más.
Así que ahí estábamos. Cantábamos las típicas canciones de esa época, Rasguña las piedras, El fantasma de Canterville.
En un momento sentimos un ruido. Pensamos que era una lancha. Me hicieron asomar y vi que era un helicóptero. Le hice todo tipo de señas. Nos sobrevoló, nos dijo que esperáramos y después se perdió en el horizonte. Imaginate la alegría que teníamos.
Cada tanto me pedían que saliera a mirar. Sobre la línea del horizonte veía una cosa gris. No sabía bien que era, si se trataba de un buque, de un pesquero..., a cada rato volvía a mirar. Cuando lo teníamos a 700 metros, que ya vimos que era un buque, empezamos a tomar agua, a comer chicles… ya estaba. El que sea nos va a subir, pensamos.
Cuando lo vimos a 200 metros no lo podíamos creer. Nacimos de nuevo. El tipo con un megáfono nos pedía que nos quedáramos tranquilos, por miedo a que se diera vuelta la balsa. Estábamos desesperados por salir.
Estuvimos dos días más arriba del buque, buscando balsas. Me pidieron la dirección de mi viejo y el nombre, nada más. Nos llevaron a las bóvedas. Dos me tenían, y me daban chocolate mientras estaba bajo la ducha. Yo lo que quería era algo caliente, porque no podia caminar. No sentía las piernas.
Me dieron unos calzoncillos largos, un par de medias y me acosté. Al ratito me despierta un compañero y me trae la comida. No me olvido más, un churrasco con arroz blanco. Cuando mastiqué sentí un dolor impresionante en los dientes, los tenía congelados, así que sólo pude comer el arroz.
Siempre había un médico al lado mío, que me tranquilizaba, porque yo le pegaba a las paredes y no sentía las piernas. Hasta que en un momento empecé a sentir un hormigueo en la punta de los pies y me empezaron a masajear. Al tercer día, ya podia orinar. Ahí me recuperé.


¿A qué ciudad bajaron?

Fuimos hasta Ushuaia. De ahí en avión hasta Bahía Blanca. Después hasta la Base Naval, en Puerto Belgrano.
Nada de declaraciones, a nadie.
Nos informaron que nos daban una semana de franco para ver a nuestros familiares.
Así que nos entregaron ropa y plata para volvernos, pero antes me hicieron ir a la morgue para reconocer cuerpos. Entré, vi a dos o tres pibes que conocía y ya no quise ver más.

¿Tuviste que reincorporarte?

Sí. Estuve una semana en Arrecifes y volví a la base. Me dieron destino en Zarate, en el arsenal de la armada. Dos meses más tarde me dieron de baja.

…estábamos de guardia de lunes a viernes de 6 a 12 y después me dejaban de franco. Me dieron un FAL y yo en la puta vida use un FAL, no tenia ni idea…

El haber estado en la guerra ¿te dejó algo positivo?

Sí, obviamente. Lo que rescaté es que no te podés dar por vencido, tenés que darle para adelante. Si se te pone algo, hacelo, y si no se te dio, dale de vuelta que te va a salir.
Yo me puse como meta, ok, me tocó ésta, zafé, de ahora en más para adelante.
Igualmente, los primeros dos años la pasé mal. Me despertaba de noche, no dormía, mis viejos no me preguntaban, no hablábamos mucho, era otra época, yo no me podia descargar.
Otra cosa positiva es que conocí mucha gente. Conocí a la gente. Sabía quién me venía por derecha y quién me quería jugar sucio. Entras a conocer. Esas cosas te lo da la colimba.
Yo me crié en una ciudad chica, en Arrecifes, en el barrio Palermo. Jugaba al fútbol, iba al boliche con mis amigos. Era un círculo cerrado, no salía de acá, y de repente me mandan ahí, y yo pensaba ¿que hago? No sabía ni hacer un nudo marinero.

Después de tanto tiempo ¿Cómo creés que actuó el Estado con los sobrevivientes?

Al principio no fue bueno. Se escondió mucho, obviamente hasta que volvió la democracia y empezó a salir todo a la luz, se empezó a decir la verdad.
A los ingleses, a penas llegaron los jubilaron, a todos. Esta bien que son tipos que viven de eso, ellos eligieron esa carrera. Nosotros no, éramos colimbas.
Después se empezó a mover un grupo que, de hecho aún se mueve, a hacer reuniones para ver como estaba la situación, pero se empezó a meter la política de por medio. La atención médica, la contención fue lo que mas tardó. Si hubiese sido rápida, tal vez no hubiese habido tantos suicidios. He visto chicos que estaban muy mal.
Por otro lado, no es lo mismo estar en el Conurbano de Bs As que acá, en Arrecifes, dónde todo el mundo me conoce, y siempre está la gente, pero allá, es más complicado.

¿Ves un avance?

Todavía falta, pero ha avanzado. Tenemos dos pensiones, tenemos Ioma, Pami. Se consiguen cosas si decís que sos veterano, pero te tenés que mover.
Hoy, con toda la lectura que se hace de la Dictadura, que vos estabas ahí, pero no sabias que pasaba.

¿Qué opinión te merece?

Yo siempre me hago una pregunta: ¿Por qué? Y el porque es sencillo, teníamos un gobierno de facto, Galtieri estaba perdiendo popularidad, se le venían encima los sindicatos, los Derechos Humanos, tenia un quilombo groso, la única que le quedaba era la guerra, que si le salía bien teníamos militares para rato.
Nos mandó al muere. Había chicos que estaban preparados y otros que no. Nuestro barco se salvó de Pearl Harbour, de hecho cuando yo entré, estaba averiado. Los pibes iban con FAL que se les recalentaban. En desventaja total, una locura.
Obviamente que repudio todo ese momento. Cuando vino la democracia nos fuimos enterando de las barbaridades que hacían, pero acá, en Arrecifes, no te enterabas, no veías nada.

¿Hay algo recurrente, una imagen qué se te venga a la cabeza con frecuencia?

Lo que más recuerdo es el momento de la estampida, el primer tiro, y cuando salgo a cubierta. Generalmente, cuando se cumple el aniversario de ese momento, me cuesta dormirme la noche anterior, pienso mucho, pero bueno, veo a mi familia y me quedo más tranquilo. Antes, cuándo era soltero era más difícil.
Y la otra imagen es, cuándo voy a la morgue a reconocer los cadáveres. Al pibe ese no lo olvido más.

Pepe nos mostró algunos de sus fotos, y sus condecoraciones del Estado Nacional. Su familia ya se acomodaba para encarar la cena del sábado y el encuentro había llegado a su fin. Nos despedimos sin saber como agradecerle tanta disponibilidad, tanta espontaneidad, y tanta honestidad para contestar cosas que hacen a la memoria de un país. Cuando salimos, nos miramos, sonreímos, y estuvimos unos instantes en silencio, como todavía escuchando a un sobreviviente de una de las guerras más nefastas y vergonzosas de toda la historia, ese capricho militar, tan argento, tan cruel, y tan absurdo.
En este, y todos los 2 de abril, como los 2 de mayo, como los 24 de marzo, Pepe se calza la memoria al hombro, y se dispone a vivir, a darle para adelante, a no bajar los brazos, como se lo propuso junto a sus compañeros en aquella balsa a la deriva.

De parte de todo ElCaosQueTeParió, ¡Muchas Gracias, Pepe!

 

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