Ferrara: el arte de la invocación

Georgio Bassani nace el 4 de marzo de 1919 en Bologna pero es Ferrara su ciudad de la infancia, Su ciudad. Como miembro de una familia judía bien acomodada sufre las leyes raciales impuestas por Mussolini. Estas leyes significan para el autor y para toda la comunidad judía ferrarense un cambio radical de vida. Al igual que todos, es excluido de los círculos sociales de la ciudad. En 1943, es encarcelado, acusado de actividades antifascistas, y el mismo año excarcelado. Huye a Florencia donde logra ponerse a salvo de las persecuciones fascistas, pero sus familiares que quedan en Ferrara no corren la misma suerte. Florencia lo rescata del campo de concentración pero la verdadera salvación de Bassani son sus palabras.
Todos los caminos llevan a Ferrara, espacio metafísico donde se mezcla la memoria, el dolor existencial producido por el recuerdo de una época devastadora y un lugar querido. Un espacio donde la intensidad emocional llega al punto máximo atravesada por la quietud y la melancolía. Estos cuentos y novelas están reunidos en el libro que tengo sobre mi escritorio: La novela de Ferrara. Sería imposible comentarlos minuciosamente a todos en esta oportunidad, sin embargo resulta también imposible hablar de uno solo puesto que la obra de Bassani se construye en la unidad de la ciudad de Ferrara, unidad consumada por los personajes de cada obra que van saltando de texto en texto armando el entramado de la única obra de Bassani.
La ciudad de Ferrara vive y se resignifica en cada párrafo. Leemos en la nouvelle Los lentes de oro:

“(…) Me hablaba en voz baja y con tono afligido. Me contaba sus desgracias. Lo habían despedido del hospital con un pretexto cualquiera. También en el consultorio de Via Gorgadello ahora había tardes enteras en las que no se presentaba ni un solo paciente. De acuerdo, él no tenía a nadie en el mundo en quien pensar… a quien mantener… Dificultades inmediatas, desde el punto de vista financiero, aún no se le presentaban… Pero, ¿era posible seguir viviendo siempre así, en la soledad más absoluta, rodeado de la hostilidad general? (…)”. [1]

El autor se calza los zapatos del excluido y desde su lugar retrata la realidad de la ciudad de su juventud, ciudad que en su día fue uno de los núcleos judíos más importantes de Italia. La misma exclusión que por ser homosexual lleva al personaje del Dr. Fadigatti al suicidio, es la que sintió Bassani por ser judío, la misma exclusión que las leyes raciales le imponían al impedirle circular libremente por la calle, ir al cine o jugar al tenis con los arios.
Podemos sentir el dolor del desprecio, de la marginación. El dolor se encarna en los personajes y en nosotros, lo vemos, lo vemos muchas veces: lo vemos en el texto y cuando dejamos nuestro libro y salimos a comprar el atado de cigarrillos que nos ayudará a despejarnos un rato, lo seguimos viendo, lo seguimos viendo cuando cruzamos la calle, en nuestra ciudad que no es Ferrara, las fotos de Bassani se convierten en nuestras propias fotos, en postales eternas.
En las primeras páginas de la novela El jardín de los Finzi-Contini, el narrador dice:

“(…) Y se me encogía el corazón más que nunca ante la idea de que en aquella tumba, edificada, al parecer, para garantizar el reposo perpetuo de quien la encargó –el suyo y el de su descendencia, uno solo, de todos los Finzi Contini que había conocido y amado yo, hubiera logrado reposar. En efecto, sólo Alberto, el hijo mayor, muerto en 1942 de un linfogranuloma, fue enterrado en ella, mientras que Micòl, la hija segundogénita, y el padre, el profesor Ermanno, y la madre, la señora Olga, y la señora Regina, la ancianísima madre paralítica de la señora Olga, deportados todos a Alemania en otoño de 1943, a saber si encontrarían sepultura alguna. (…)”. [2]

Como lectores se nos eriza la piel: el párrafo nos recuerda a los desaparecidos argentinos.
Bassani vuelve a su pasado para resignificar el presente. No es solamente él, el que recuerda, son sus personajes: Lida Mantovani, el narrador de Los lentes de oro, el narrador de El jardín de los Finzi-Contini, por dar algunos ejemplos. Los narradores siempre se remontan a ese pasado de juventud, hacen un viaje en el tiempo, vuelven, vuelven continuamente esperando algún día no regresar y quedarse allí con los recuerdos felices tan lejanos al sufrimiento. Y nosotros también volvemos, volvemos al principio como un círculo que se cierra: Bassani fotógrafo, Bassani arquitecto, Bassani pintor de una Ferrara que se resignifica constantemente, que dialoga con la historia, con sus personajes y con los nuevos lectores que han visto repetirse esa historia quizá desde otra perspectiva y otros narradores.
Ferrara en sus textos, sus textos en Ferrara, un compromiso con la realidad, un compromiso con el mundo de la memoria.


[1] La novela de Ferrara. Buenos Aires: Debolsillo, 2009. Pág. 302.

[2] Op. Cit. Pág. 327.


La novela de Ferrara.
Giorgio, Bassani.
Trad. Carlos Manzano.
Debolsillo.
Primera edición., 2009.
 

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