Luz en el juego

publicado por Rodo Castro

Callada, tenía que quedarme callada. Todo era por el juego, para no ser descubiertos, me decía mi primo mayor.
Lo veía los domingos, cuando la familia se reunía en el campo para pasar el día. Él venía con sus hermanos y mi tío José. Mi tía Elisa, su madre, había fallecido de cáncer, unos años antes. Ya casi no la recuerdo. Yo iba con mis padres.
Nuestros abuelos eran los encargados del lugar. Vivían en una casa grande con pisos de ladrillo. A veces me quedaba a dormir con ellos. Me gustaba acostarme tarde y escuchar el sonido de los grillos. Aunque también me corría un escalofrío por la espalda cuando los ladridos de los perros cortaban el silencio.
Con mis primos pasábamos el día jugando en el arenero, dándole de comer a las vacas y recogiendo los huevos de las gallinas. Más allá del alambrado no podíamos ir porque estaban los dueños de la estancia con sus hijos. Era gente de plata. Ellos, a veces, venían para nuestro lado. A mi no me molestaban, pero mi primo mayor los trataba con recelo, como si fueran invasores.
Cuando se hacía de noche era todo más divertido. Mientras los grandes se quedaban conversando y tomando café, nosotros jugábamos a las escondidas con una linterna que nuestro abuelo nos prestaba, hasta el momento en que nos llamaban para volver a casa.
Mi primo me agarraba de la mano y me llevaba con él. Yo no decía nada, simplemente lo seguía. Era inteligente y ágil. Además conocía un montón de escondites. Siempre nos ocultábamos en lo oscuro, donde estaban las máquinas de cosechar o en los galpones con fardos. Nunca nos descubrieron, salvo aquella última vez.
Ese día ya era tarde. Esperó a que todos se escondiesen, luego me llevó hasta el galpón. Entramos y nos cubrimos con unas lonas agujereadas. Me abrazó y me dijo que no hiciera ruido. Así que me quedé en silencio. En seguida empecé a sentir sus dedos en mis piernas, a la altura de las rodillas. Lo miré pero no pude ver su cara. Me repetía que no debía decírselo a nadie, que nadie debía saberlo. Estaba quieta mientras él me agarraba con fuerza. Con una mano me tomó de la cintura, mientras la otra subía por mis muslos. Comencé a transpirar. Tuve que taparme la boca con las dos manos cuando sus dedos fríos me tocaron ahí. Sentí dolor, y se me estremeció el cuerpo. No podía hablar, estaba como aturdida. Él, compenetrado, movía los dedos en círculo, por momentos suave, por momentos con inseguridad.
Ya estaba sobre mí cuando escuché las voces de nuestros padres entrando al galpón y vi la luz de la linterna a través de los agujeros. Quise decirle que se detuviese pero no pude, no me salió la voz.
Quedamos al descubierto cuando mi tío José levantó la lona. Todavía recuerdo su expresión. Después lo agarró a su hijo de los pelos y lo levantó. En seguida llegó mamá. Me llevó adentro y me lavó. Por la ventana del baño escuché los gritos y el llanto de mi primo mientras su padre lo golpeaba con un cinto. Papá estaba entre desorientado y furioso, y le pegaba a la pared. Mis abuelos quedaron mudos. Yo no pude más y me largué a llorar. Mamá quiso consolarme, y cubriéndome con una toalla me abrazó. Desde aquel día, nunca más estuvimos todos juntos en el campo. Mi papá y el tío José se distanciaron.
Con el tiempo volví a cruzarme un par de veces con mi primo mayor, pero nunca me animé a contarle que cada tanto sueño que vuelvo a estar con él bajo la lona.
 

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