Si Europa es una, ¿Dónde está la otra?

Resulta extraño en estos tiempos hablar de imposición. Dado el siglo que corre y, en un occidente que se dice “profundamente democratizado”, se supone que no cabría necesidad alguna de hacer mención a dicha palabra, salvo en una lección de historia.
Así mismo, nos encontramos en el año 2010 y, hurgando en lo más profundo del glosario, no se encuentra palabra más apropiada para describir la actualidad del tema al que vamos a adentrarnos que: imposición. Es que el Hombre, en cuanto institución, al organizarse suele ser un tanto egoísta. Es una condición prácticamente innata. Puede evolucionar, construir nuevos y mejores valores o, incluso, puede ser consciente de su egoísmo y calificarlo como un contra-valor; pero aún así nuca podrá desprenderse de tal condición.
Hasta aquí todo “funciona”, con innumerables falencias, pero funciona, subsiste. Ahora bien, la situación comienza a tornarse, cuanto menos, peligrosa cuando existe un sujeto, singular o colectivo, que intenta tomar ventaja respecto de la entonces naturalidad del egoísmo. Es decir, escudarse, ampararse en esta característica humana. Cuando se habla en estos términos, se está asimilando y legitimando la vieja teoría de que “el hombre se come al hombre” y, cabe recordar, bajo este tipo de lemas, surgieron las primeras corrientes racistas, por cierto con resultados verdaderamente trágicos.
Es entonces cuando luego de una determinada conclusión, sociológicamente hablando, citamos nuevamente la palabra clave de esta publicación. La imposición de un sujeto a otro no se da meramente por una conveniencia posterior o la obtención de algún beneficio del “otro”. También se da por placer. Por el placer que parece dar el poder.
Cuando se impone, es decir cuando se pasa por encima de la voluntad democrática de alguien, no sólo se lo está despojando de su libertad de decidir, sino que con ello se le está arrebatando su dignidad. El paradigma que impera es el de “vos sos lo que yo digo que sos, y haces lo que yo digo que hagas”. En suma, acomodando los números en sus lugares correspondientes, resultaría que para este tipo de pensamiento el placer se alcanza denigrando al sujeto en cuestión.
Bueno, algo similar es lo que ocurre aún hoy en día, y desde hace más de quinientos años, en el conflicto vasco-castellano. O también podría llamarse castellano- vasco, o bien directamente castellano. El de la Castilla que dice verse contaminada por esos gérmenes herejes, y que correría con la misión divina y verdadera de “evangelizar” a sus ovejas descarriadas, mediante acciones tales como la imposición de una lengua, una bandera, un conjunto de leyes; en sí, una conquista hecha y derecha.
No hace falta más que revisar el expediente español para encontrar sobradamente argumentos.
Relacionando entonces la denigración con este problema, a las claras se palpa un convencimiento de superioridad racial por parte del opresor. Porque no crean que lo que aquí esta en juego es el País Vasco en cuanto a territorio, bienes de capital, o recursos naturales. Lo que realmente está en juego es el futuro de una nación, el futuro de una lengua que se intenta exterminar mediante diversas estrategias como la manipulación informativa, o asuntos de Estado. Una lengua que es asociada constantemente, desde Madrid, con lo ilegal, lo corrompible, con el único fin de no perder más colonias como le sucedió en el S XIX y principios del XX.
Por eso, más que hablar de la tierra de los vascos, creemos que sería mejor hablar de la lengua de los vascos. Ese es el móvil que los hace subsistir, perdurar en el tiempo. Una lengua que se convierte en patria sin necesidad sedentaria. Una legua que va por la vida diciendo “mientras se hable de mí, en el lugar del mundo que sea, allí estará vivo el espíritu de Euskal Herria. Allí respirará la identidad de todo un pueblo libre, de toda una nación, sea en los tiempos de las fronteras, o sea en los tiempos del libre bogar. En La Tierra estuve nueve mil años, y otros nueve mil estaré.”
 

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